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LOS “OTROS” URUGUAYOS

LOS “OTROS” URUGUAYOS

26853216-silueta-de-hombres-de-negocios-en-la-puesta-del-solEl Estado uruguayo ha naturalizado diferentes mecanismos de apoyo financiero y exoneraciones “especiales” a cooperativas, instituciones y empresas de índole privado. Esta realidad ha sido parcialmente discutida en los medios en las últimas semanas.  Tales prebendas generan una contradicción flagrante cuando vemos como se retacean recursos en áreas con mayores necesidades y de interés público como educación, salud, seguridad, y políticas sociales.

        Podemos comprender y aceptar acciones públicas puntuales en apoyo de sectores debilitados por razones coyunturales severas, desastres naturales y cosas por el estilo, pero no aceptamos ni justificamos beneficios o exoneraciones de impuestos otorgados a sectores privados económicamente solventes que no impliquen una  inversión estratégica con un retorno concreto a la sociedad. Que Uruguay, un país con la mayoría de sus jubilados y población asalariada percibiendo ingresos que no cubren ni la tercera parte del costo de una canasta familiar siga regalando recursos a los más pudientes, es casi una obscenidad.

         El amiguismo político ejercido desde el inicio de la Nación fue instalando la idea de que los jerarcas de turno podían disponer “a piacere” de los bienes y recursos del Estado, beneficiando a parientes, amigos  y correligionarios. Estas arbitrariedades se arraigaron con mucha fuerza en una gran parte de la ciudadanía, al punto que hasta el día de hoy es aceptado con total naturalidad,  solicitar la “ayuda” de algún jerarca para agilitar un trámite u obtener un beneficio, eludiendo los mecanismos establecidos. Estos actos, señores, son lisa y llanamente actos de corrupción.  No sirve como atenuante  esgrimir la magnitud de la acción. No hay “corrupcioncita” hay corrupción. Quien roba 10 pesos es igual de ladrón que el que roba 10.000.  Por tanto, una de las consecuencias más graves  de la  aceptación y la práctica  de estas “deshonestidades compartidas”, es que avala, legitima y da más poder a esos funcionarios devenidos en dioses omnipotentes que manejan dispendiosamente los bienes de toda la comunidad.

       En notas anteriores reflexionábamos sobre algunos vicios y deformaciones que por “uso y costumbre” gozan de una amplia aceptación social. Es común observar a  ciudadanos que se consideran honestos recurrir olímpicamente a todo de tipo de transgresiones para sacar ventaja personal y  resulta muy curioso verlos después, rasgarse las vestiduras y condenar tajantemente los actos de corrupción denunciados tan frecuentemente en los últimos tiempos. Esta doble moral es un indicador de la confusión de valores imperante en buena parte de nuestra sociedad.

           En una de las notas mencionadas, decíamos que nuestros gobernantes, dirigentes y funcionarios no son importados ni invasores, salieron de las entrañas de nuestra sociedad y la forma equivocada de administrar, así como la discrecionalidad en el manejo de los bienes y recursos de la comunidad no las inventaron ellos, es un legado perverso, cuyo costo ha sido y sigue siendo altísimo para todos los uruguayos. El derroche y la sangría constantes de recursos que padece el Uruguay desde el momento mismo de su fundación  ha generado pobreza, atraso, estancamiento y un endeudamiento colosal, endémico e imposible de afrontar. Patear la pelota para adelante ha sido el único recurso al que han apelado siempre para tapar las consecuencias del despilfarro, ineficiencia y falta de responsabilidad en el manejo de la cosa pública.

        La capacidad de influencia política de sectores poderosos en la economía y en la sociedad ha construido calladamente y por sectores, mecanismos de transferencias de recursos del Estado, o sea de nosotros los “nabos de siempre”, al decir del inefable Mujica. La indignación se incrementa cuando asistimos a las discusiones  sobre asignación de recursos para educación o políticas sociales que afectan a los sectores mas vulnerables y en este debate, paradojicamente siempre surgen limitaciones y recortes. Simultáneamente el Estado drena recursos hacia sectores privados como la asignación de predios públicos y exoneraciones y salvatajes a organizaciones cuyos objetivos  no apuntan a beneficiar al grueso de la ciudanía. Además del generoso aporte en concesiones especiales, el estado aplica un principio muy particular hacia el accionar de estos grupos de privilegiados: cuando todo les va bien, los beneficios son para ellos, cuando va mal, el Estado corre al salvataje, socializando las pérdidas. O sea, los uruguayos de a pié somos ajenos a los beneficios y socios en los fracasos. Estos privilegiados, en algún momento se colgaron y se siguen colgando del Estado como rémoras y usan nuestros recursos para apagar sus incendios cuando las cosas no les salen bien. Nuestro “benemérito Estado protector” parecería tener hijos dilectos a los que decide proteger y resarcir especialmente ante sus dificultades llámense, quiebras, déficits, mala  praxis, estafas, emergencias climáticas y financieras y también  para financiar becas que vienen muy bien para adornar catálogos de Universidades privadas. Para estas contingencias, nuestro querido Estado nos convierte al resto de los uruguayos en raudos bomberos voluntarios, siempre listos a actuar en favor de nuestros “hermanos” caídos en desgracia.

         Sabemos que  la sociedad en su conjunto, por acción u omisión, tiene una cuota de responsabilidad en todo esto, pero  justo es señalar, que hay un amplio sector de la sociedad que siempre recibe lo peor en el reparto: ellos son “los otros uruguayos”.

      Ese ejército  de los “otros uruguayos” son los pequeños comerciantes exprimidos, los “quincemil pesistas”, los jubilados y pensionistas de menos de $ 9.000.-, los marginales, etc., etc.. Es muy grande la responsabilidad y el peso que soportan esos “otros uruguayos”, asumiendo las consecuencias de errores ajenos, así como también costeando una administración pública enorme e ineficiente.

           Mientras tanto, en la tribuna América de este patético escenario observa cómodamente sentada. nuestra clase política, inoperante e insensible, preocupada  únicamente en como ganar las próximas elecciones para mantener su poder y privilegios.

Gracias por su tiempo y hasta pronto!!

1 Comentario

  1. El Dolce

    Totalmente de acuerdo

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